Miguel de
la Madrid.
Revelarse como en el tapado del presidente titular
equivalía, en el México de aquellos años, a ganar las elecciones, ya que el
sistema brindaba los instrumentos de la representación y la competencia , pero
no permitía la alternancia. Así las cosas, de la Madrid se adjudicó la victoria
con el 74,3% de los votos, nada menos que 13 millones de papeletas más que las
obtenidas por el rival más adelantado, Pablo Emilio Madero, del conservador
Partido de Acción Nacional . No obstante ser unos resultados demoledores bajo
el prisma de cualquier otro país dotado de un sistema más o menos competitivo,
en México llamaron mucho la atención por tratarse del registro más bajo desde
la elección de Adolfo Ruiz Cortines en 1952. Retrospectivamente, puede
remontarse a los comicios de 1982 la génesis del lento declive electoral del
PRI, el cual, empero, iba a retener el poder ejecutivo durante 18 años más.
El 1 de diciembre de 1982 de la Madrid tomó posesión del
cargo con mandato hasta 1988, en un momento de «emergencia» económica, según la
expresión que él mismo empleó. Así, el hundimiento en junio de 1981 de los
precios internacionales del petróleo, con mucha diferencia el primer producto
de exportación de México, debido a una saturación de la oferta en los mercados,
había repercutido inmediatamente en toda la estructura productiva y financiera
nacional, y reventado el engañoso auge desarrollista de los últimos años , que
basaba la industrialización en el endeudamiento. Cuando la transferencia del
mando a de la Madrid, el país se encontraba ya en recesión económica, la
inflación rozaba el 100% anual, la deuda externa, la mayoría a corto plazo,
alcanzaba los 87.000 millones de dólares y el sistema financiero estaba al
borde de la quiebra por la caída de los ingresos de exportación y la fuga de
capitales.
El flamante mandatario mantuvo por el momento el
intervencionismo financiero y monetario, y anunció un plan anticrisis de diez
puntos que incidía en la austeridad y la recuperación de la liquidez, y que
postergaba la recuperación de la inversión, el consumo y el crecimiento. En
líneas generales, dicho plan consistió en recortes en el gasto público,
inversiones selectivas en actividades productivas y creadoras de empleo,
subidas de los tipos de interés con el objeto de atraer los capitales
financieros, alzas impositivas y tarifarias, y eliminación de subvenciones a
productos básicos de la cesta de la compra. Sin embargo, por talante personal y
por su análisis del problema, en la actuación de De la Madrid asomaron
discrepancias con algunos de los grandes rasgos característicos de la etapa
lopezportillista. Una temprana y vigorosa depreciación del peso con respecto al
dólar se interpretó como el primer paso para el levantamiento del control de
cambios en el mercado monetario, y el presidente, aunque aseguró que la
nacionalización y la reestructuración del sistema bancario eran irreversibles,
solicitó al Congreso la apertura al capital privado de un tercio de los activos
de la veintena de entidades a que la reforma había dado lugar.
En añadidura, de la Madrid lanzó una campaña de moralización
en la administración pública que incluyó reformas legales para fiscalizar y
perseguir a los funcionarios corruptos. También, retomó el diálogo con los acreedores
internacionales para rescalonar el servicio de la deuda y obtener un empréstito
de 5.300 millones de dólares; a cambio, el Gobierno sistematizó sus medidas de
ajuste con el denominado Programa Inmediato de Reordenación Económica ,
presentado en enero de 1983. Transcurrido el primer bienio de gobierno, de la
Madrid presentó un balance económico esperanzador en el que destacaban: la
recuperación del crecimiento, un 3,6% anual frente al 4,2% de tasa negativa con
que había cerrado 1983; la reducción del déficit fiscal del Estado del 16,9% al
8,6%; la duplicación de las reservas internacionales de divisas; un sensible
recorte de la inflación hasta el 81% anual; y, el regreso del superávit a la
balanza por cuenta corriente, inclusive, tras muchos años de dominio de las
importaciones sobre las exportaciones, la balanza comercial. Además, se había
logrado renegociar la deuda en términos viables y el Estado había amortizado el
crédito de urgencia concedido en diciembre de 1982 por el FMI.
Por otro lado, la campaña anticorrupción se cobró dos
notorias víctimas. A la cabeza, Arturo Durazo Moreno, alias El Negro, el
todopoderoso y gansteril jefe de Policía y Tránsito del Distrito Federal entre
1976 y 1982, quien además había sido amigo desde la infancia y hombre de
confianza de López Portillo. Durazo vio el final de su imperio personal con el
tránsito a la nueva Administración y el 30 de junio de 1984 fue detenido en
Puerto Rico por el FBI a requerimiento de las autoridades aztecas, que le
procesaron por tráfico de drogas, tenencia de armas, extorsión, homicidio en
múltiple grado y otros cargos por delitos presuntamente cometidos durante el
sexenio lopezportillista, en el que amasó con escandalosa impunidad una colosal
fortuna; extraditado en 1986, El Negro recibió una condena de 16 años de
prisión, de los que sólo cumpliría seis.
El otro preboste de la etapa precedente caído en desgracia
fue Jorge Díaz Serrano, antiguo director de Pemex, destituido en 1981 por López
Portillo por discrepancias en torno a la política de precios del petróleo.
relaciones exteriores
Mientras la situación interior tendía a estabilizarse, de la
Madrid se desenvolvió en la política exterior sobre la base de los principios
tradicionales de la diplomacia mexicana, cuales eran la no injerencia en la
soberanía nacional de los estados, la defensa de la libre determinación de los
pueblos, la defensa de la democracia y el respeto de los Derechos Humanos, la
confianza en la solución pacífica de los conflictos y la promoción de la
cooperación entre las naciones en el sentido más amplio. Las administraciones
de Echeverría y López Portillo habían jugado a fondo la carta de la
independencia nacional en política exterior, y la singular posición del país
norteamericano, que tenía el estatuto de observador en el Movimiento de los No
Alineados, había permitido a México explorar unos interesantes cauces de
diálogo entre el Norte y el Sur.
En el sexenio delamadridista se apreció una reducción del
interés de México en el activismo internacionalista y tercermundista, y una
concentración del mismo en las problemáticas latinoamericanas, sobre todo en
los conflictos centroamericanos. Washington encontraba particularmente
repudiable la actitud de México hacia el régimen sandinista de Managua, que le
parecía complaciente, si no amparadora, a pesar de los fuertes déficits
democráticos de la Junta de Gobierno que había derrocado a la dictadura
somocista. Los trabajos del Grupo de Contadora resultaron instrumentales para
el arranque, tras la adopción de los Acuerdos de Esquipulas II , que se basaban
en el proyecto de paz firme y duradera en Centroamérica elaborado por el
presidente costarricense Óscar Arias, de procesos de paz civil y reconciliación
nacional en todos los países citados. Si los esfuerzos fructificaban, Centroamérica
debería quedar libre de los asfixiantes niveles de violencia política, tras
décadas de represión, insurgencia y guerra sucia, y muchos miles de muertos, en
las postrimerías de los ochenta.
También, se estrecharon las relaciones con España, país históricamente
hermanado con el que la anterior administración había restablecido las
relaciones diplomáticas coincidiendo con el regreso de la democracia tras la
muerte del dictador Francisco Franco.
Otrosí, de la Madrid fue el anfitrión, el 29 de noviembre de
1987 en Acapulco, de la I Reunión de presidentes del Mecanismo Permanente de
Consulta y Concertación Política, o Grupo de Río, que entonces recibía el
nombre de Grupo de los Ocho y que provenía de la fusión en diciembre del año
anterior del Grupo de Contadora y de su Grupo de Apoyo.